viernes, 28 de noviembre de 2014

Despedida: primera parte

Soy Hortensio,
o Eduardo,
o si prefieren pueden decirme Choto.
Depende. Todo depende del momento en que nos vimos por primera vez, de cuándo conversamos aunque sea sólo para discutir...

Ahora no estoy muy bien, y así lo prefiero. Así lo prefiero, porque así me pillará la muerte. No tengo grandes cosas, pues sé que las cosas que conservo no durarán mucho, aunque se mantengan conmigo, aunque me sigan y yo trate de arrancarme de ellas. Esas pocas cosas las heredé de un pasado glorioso en que, al igual que ahora, todo era fugaz. De hecho, ahora que hago este ejercicio de memoria, recuerdo que era yo el que quería que así fueran mis relaciones, relaciones de todo tipo.

Fugaces.

                                    De pocas palabras.

                                                                                   Con mucha acción eso sí.

De encanto y desencanto, todo en un par de horas.

Amo la libertad, y ese amor implica moverse constantemente. Quedarse estancado en un territorio es convertir la vida en una cárcel, y tus carceleros son todos los que poco a poco te van tomando cariño.

¿Cariño?

No me hablen de eso porque me duele. Me duele aquí abajo, me duele también el lado izquierdo. 

¿Habrán notado mi parálisis no?

En algún momento fui Hortensio, ni opción tenía de llamarme de otro modo. Qué nombre más tradicional, qué nombre más campesino. De allá, del campo, vienen quienes me pusieron Hortensio. Pero eso aquí da lo mismo.O no, saben, no da lo mismo. Fui Hortensio, pero ya no lo soy. Lo fui porque ellos querían que lo fuera, aunque nunca escuché que ellos me llamaran así. De ellos escuchaba otras cosas, cosas para nada suaves. Otras cosas no-suaves.

"Maraca conchetumare, ¿voh creís que cago la plata?"

                                    "Viejo culiao cochino, llegaste a esta ciudad de mierda y te pusiste ahueonao"
               
                                                        "¿Dónde está el cabro chico?"

A medida que me despegaba del suelo, centímetro a centímetro, poco a poco sus voces se hacían cada vez más lejanas. A veces escuchaba a uno, después al otro, después a ninguno. Ninguno de ellos me negó la calle. Ninguno de ellos me negó un libro. Los curas se encargaban de darme comida, mientras yo me encargaba de buscar qué tener para verme igual que mis compañeros católicos, de buenas familias. Cerca del colegio estaba mi casa. Mi barrio tenía una plaza hermosa, pero nadie iba a esa plaza. Solo los "nadie". Luciérnagas les llamaba la Rosa, la vecina que vivía al lado de mi casa. La Rosa era una gorda, simpática, pero gorda. Aunque parece que la Rosa, que era gorda, ya no está tan gorda. Sus padres se llevaban bien con esas luciérnagas, raras luciérnagas antropomorfas. De noche se veían. Se veían de noche porque de noche yo llegaba a dormir, y era cuando las veía. Nadie me veía, y eso facilitaba que nadie me hiciera nada malo.



Un día, no tenía más que hacer, había recorrido toda la ciudad y ya panorama no había. Volver a casa era la gran opción. Y volví temprano recuerdo, antes del anochecer. Entré a casa, y la Rosa como siempre me miraba. Chismosa, sin palabra alguna. Dentro de mi casa, que en verdad era la casa de quienes me pusieron Hortensio, yo me escondía debajo de la cama hasta que llegaran ellos y se durmieran. Al otro día cuando desperté, me dí cuenta que había dormido toda la noche debajo de la cama. No había nadie en casa, me comí un pan y me fui a clases. El colegio quedaba al lado de mi barrio, quince minutos caminando más o menos, o quizás media hora. Era un barrio como cualquiera, aunque muy diferente al mío. Las casas eran bonitas y de colores. Algunas tenían perros, pero todas tenían árboles por montones. Entrando al colegio tenía que esquivarlos a todos, a los papás con sus hijos, a las nanas con los hijos de los papás que eran sus patrones. Yo no me juntaba con ninguno de ellos, los encontraba raros. Los encontraba muy limpios, arrogantes, alumbrados. Prefería leer historietas, o leer un libro cualquiera. Un día pillé una revista con mujeres desnudas, supe que era porno, y sentí por primera vez atracción por esas figuras femeninas. Claro, ya iba en octavo de educación básica y me llamaba la atención esas figuras, con tetas y culos grandes. Fernando, que era un compañero de clases, siempre llevaba al colegio juguetes. Juguetes nuevos, bonitos. A mi no me gustaban sus juguetes, de hecho nunca jugué con algún juguete. Pero en mi barrio a todos les gustaba ese tipo de juguetes. Yo los tomaba de Fernando. Él no se daba cuenta, o quizás sí, pero parecía no importarle. Fernando era débil. Flaco y débil. Más flaco que yo incluso. Yo creo que por eso nunca reclamó, porque si lo hacía alguien le iba a pegar. Fernando vivía en una casa muy linda, sus padres tenían cada uno un auto, pero tampoco lo pescaban mucho. Un día, el Alfredo, otro compañero que vivía en un barrio mucho más lindo, llevó un juguete que por primera vez sentí que debía tenerlo. Durante varios días vi a Alfredo jugar con ese juguete. Era un robot que prendía luces de sus ojos, y hacía sonidos raros. Nunca conversé con Fernando, hasta ese día, el cuarto día desde que veía con atención el robot de Alfredo. Le dije a Fernando que fue Alfredo quien le robaba los juguetes, que Alfredo era un pequeño ladrón. Acordamos robarle el robot. Él distrajo a Alfredo llevándolo a ver las revistas porno, mientras yo le sacaba el robot. Jamás pensé el escándalo que iba a traer un simple robot, jamás pensé que Fernando le diría a Alfredo sobre el plan. Eran ocho, o quizás diez los que estaban en la plaza frente al colegio. Quise pasar lo más rápido posible, pero no pude. Me alcanzaron. No corrieron, porque yo tampoco corrí lo suficiente. Me alcanzaron, y me pegaron. A patadas, combos, palos, piedras. Todas ellas en mi cabeza, otras en los pies, y muchas más en mi guata. Me sentí mal, quise llorar, pero el llanto no salía. El grito estaba contenido. Sabía que de gritar a nadie le iba a importar. Yo sólo quería vender ese juguete y poder comprarme zapatos, como los de Fernando y Alfredo. Quería ser como ellos. De pronto escuché "¡¡qué hacen cabros culiaos!!"

Era Pancho, el auxiliar del colegio de curas, el colegio en el que estudiaba junto a Fernando y Alfredo, y los ocho o diez tipos más.